Desafortunadamente, los humanos tendemos a curar la herida cuando ya requiere operar. Incluso teniendo indicios de que algo no va bien, hacemos caso omiso a las señales pensando erróneamente que el tiempo sanará el estropicio. Y cuando llegamos al quirófano, a veces ya es demasiado tarde. Por eso voy a mostrarte qué fases de estrés existen, al objeto de identificar en cuál de ellas puedes encontrarte y poner remedio cuanto antes.

Cuando te encuentres en una situación “extrema”, tu organismo se acondicionará para dos posibles alternativas: enfrentarse o huir. Y permíteme que sitúe la palabra extrema entre las comillas porque actualmente nuestra vida corre muy poco peligro, a no ser que estés en este mismo instante corriendo delante de un león en la sabana, algo que dudo mucho, o estés enfrascado en medio de un tiroteo. Esto último lo voy a poner en duda también. El problema es que tendemos a otorgar excesiva importancia a situaciones que puedes gestionar simplemente parando a reflexionar un par de segundos. Tenemos nuestra cabeza atestada de cagadas mentales. Tranquilo, casi nada en esta vida es de vida o muerte, sobre todo para los inteligentes. Sin embargo, si alguna cagada mental nos ha sobrepasado o nos topamos de golpe con alguna coyuntura verdaderamente extrema, nuestro organismo irrumpirá en una fase de estrés llamada de alarma o huida.

Aquí tu cuerpo se prepara para producir el máximo de energía, con los consecuentes cambios químicos. El cerebro, enviará señales que activarán la secreción de hormonas, que mediante una reacción en cadena provocarán diferentes reacciones en el organismo, como tensión muscular, agudización de los sentidos, aumento en la frecuencia e intensidad de los latidos del corazón, elevación del flujo sanguíneo, incremento del nivel de insulina para que el cuerpo metabolice más energía. Podemos decir que esta fase de estrés es positiva ya que nos prepara para dar el máximo potencial ante la situación. Algunas personas llegan a desarrollar, en situaciones de peligro, habilidades que no podrían haber imaginado. Los síntomas del estrés desaparecen cuando el episodio concluye.

El atolladero empírico comienza con la fase de adaptación, también llamada de resistencia. Incluso el propio término comienza a ser jodido: “resistencia”. Tu organismo se resiste a volver a un estado de relajación y normalidad. Se mantiene la situación de alerta injustificada y tu cuerpo vuelve a producir una nueva respuesta fisiológica, manteniendo las hormonas en situación de alerta permanente. Nos encontramos con la etapa más común, normalmente provocada por la exigencia de un rendimiento muy superior al normal. Y si ese rendimiento a toda máquina lo alargas en el tiempo, el cianuro aderezado con limón y fresa está servido.

Aunque no es lo peor con lo que puedes toparte. Por último, existe la fase de agotamiento y sucede cuando el estrés se convierte en algo casi crónico. Esta fase provoca debilidad, se descansa mal, aparece sensación de angustia o ansiedad y deseo de huida. Tienes un pie y medio en el agujero y es muy posible que atesores cicatrices mentales difíciles de eliminar.

En condiciones apropiadas, y a corto plazo, los cambios provocados resultan beneficiosos y los síntomas del estrés desaparecen cuando el episodio concluye. Sin embargo, si la ansiedad se agencia de ti, más te vale ponerte manos a la obra y llevar a cabo lo que leerás en los siguientes capítulos. El reino de un rey es su castillo y sus tierras. Tu reino es tu cerebro y tienes el poder de manejarlo a tu antojo. No permitas que te domine y haz caso a tu regulador mental. Si no lo haces, puede desencadenar en una enfermedad grave.

 

¿Reconoces alguna de estas etapas? ¿En cuál estás? Espero recibir tus comentarios

 

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