Estábamos hablando sobre su situación laboral actual. Ella regenta una tienda de ultramarinos de barrio (y es dueña), heredada de sus padres. En la conversación, hablaba, una y otra vez, del tiempo que se llevaba allí. Mencionaba sus trabas para salir de su ciudad y viajar a otros lugares. Parece ser que no disponía de tiempo libre.

Este tipo de establecimientos, al igual que la restauración, solicitan grandes cantidades de tiempo y esfuerzo, a no ser que delegues algunas funciones (algo difícil si hablamos de un negocio puramente familiar y llevado por una o dos personas).

Una de las frases que me dijo fue: —Ya con la edad que tengo, no puedo hacer otra cosa. No me voy a poner ahora a estudiar.

Me resultó desolador escuchar eso de alguien altamente inteligente y que apenas superaba los 37 años.

Es una de las muchas situaciones que nos encontramos diariamente. Personas que no dan el paso en su vida y no toman la decisión de cambiar algo en ellas.

Pero ¿acaso estoy diciendo con este ejemplo, que cierre la tienda y se vaya a estudiar un máster? ¿Que se lie la manta a la cabeza y vaya a conocer mundo, sin más? ¡Por supuesto que no! Sin embargo, a veces es el momento de parar y preguntarse si esto es lo que quiero para el resto de mi vida. Y si decides cambiar, hay un sinfín de caminos para llegar a tus propósitos. Algunos de ellos, con poco esfuerzo.

¿Es esto posible? Ya lo creo que sí. No existe una única forma de hacer las cosas. Como menciono en mi libro “El verano de 10 meses. De las prisas al control”, continuamente aparecerá un avispado y perspicaz individuo con un método más eficiente. No creáis que ya está todo inventado. Lo que estamos viviendo no es más que la nariz de una enorme serpiente y queda aún mucha distancia hasta llegar a la cola. La mejora es infinita. Así que podemos decir a aquellos que evangelizan por el mundo con la idea de que el esfuerzo es el único camino, que ni hablar. Hay otras alternativas más eficaces y eficientes para dar el paso a lo que deseas.

A todos los que se sienten atrapados en una situación similar, les quiero contar una historia que me recitó alguien al que quiero mucho. Es la historia del campanero:

Hicieron un examen para solicitar el puesto de campanero del pueblo. Éste quedó vacante tras la jubilación de Mateo. Campanero con más de 30 años de experiencia en la localidad.

Para dicho puesto, se presentaron dos personas. Rodrigo y Jesús. Como si de unas oposiciones se tratase, ambos estudiaron y se esforzaron al máximo para conseguir el cargo. Rodrigo fue elegido como nuevo campanero del pueblo y Jesús, sin trabajo, decidió finalmente emigrar a Alemania. Estaba derrotado, así que optó por salir de allí.

Trascurrieron veinte años, y los vecinos de la localidad vieron un día cómo Jesús entraba por sus calles con un vehículo de alta gama, mujer e hijos. Se le veía bien. Vestía bien. Hablaba de forma confiada, pausada y tranquila. Era indudablemente feliz.

Mientras paseaba por sus antiguas calles, Jesús se encontró con un amigo de la infancia. Se abrazaron y hablaron de aquellos maravillosos años. En un receso, el amigo le dijo lo siguiente:

Es increíble cómo has mejorado, Jesús. Me alegra verte 20 años después, con una vida repleta de éxitos. Y eso que suspendiste el examen de campanero, ¡eh! ¿Qué hubiera pasado si lo hubieses aprobado, Jesús?

—Si lo hubiera aprobado, querido amigo, ahora llevaría 20 años siendo simplemente un campanero.

 

¡Ojo!, tengo un enorme respeto por todos los trabajos que existen, incluido el de campanero.

Sin embargo, a veces no sabemos qué nos deparará el futuro. Si no nos movemos, si no cambiamos, experimentamos o incluso fracasamos, es muy posible que lo que somos ahora, será lo que seremos por siempre. No tengas miedo a caer. Esas caídas son simples obstaculitos fácilmente superables para aquellos seres resilientes. Forman parte del juego.

Además, nada es de vida o muerte, sobre todo para los inteligentes.

 

 

Si te ha gustado la historia del campanero, comparte. Seguro que a otros les sirve para comenzar a cambiar.