Cada vez se habla más de la meditación. Hay infinidad de libros, gurús sobre este tema. Nos dicen que tenemos que estar 10 minutos en una habitación, en silencio y meditar. A concentrarse, o fijamos la imagen en algo. Y durante esos 10 minutos, nos dicen que tenemos que controlar la mente. Porque, la mente, claro, quiere irse, y hay que traerla de vuelta. Y existe el forcejeo. Y así sucesivamente. Ese juego que practicamos sin cesar. Y a eso llamamos meditación.

Pero no. Eso no es meditación. Al menos, según Jiddu Krishnamurti, que bien sabe de esto, eso no es meditación.

La mete que vive en constante parloteo, comparación, con ganas de llegar a ser algo, debe estar totalmente callada. Esa mente tiene que estar extraordinariamente callada.

Si yo quisiera escucharte. Escucharte de verdad; tendría que estar callado, ¿no? Tengo que prestar atención a lo que dices. No parloteando ni comparando lo que estás diciendo con lo que yo ya sé, ¿no te parece? Esto significa que la mente debe estar atenta y callada. Así que, vemos la necesidad de que para ver con claridad, la mente ha de estar quieta.

En realidad tenemos una mente quieta. No es que tengamos que cultivar una mente quieta. Todos lo que intentan enseñar meditación dicen: “controla tu mente. Tu mente debe estar totalmente tranquila”. Y de este modo, intentamos mantener el control sobre ella. Acallarla. Y es así, que hay una batalla interminable con ella. Y nos llevamos 20 años haciendo lo mismo. Lo que es, bastante estúpido, la verdad. Controlándola. Porque, en realidad, cualquier niño puede concentrarse en algo y controlar.

La mente que observa, la que no busca experiencia, la que no analiza, sino que observa, debe estar libre de todo ruido. Si no está libre de todo ese ruido, no quieres observar, quieres controlar. Si tengo que escucharte, tengo que escucharte. No condenar, ni traducir, ni juzgar. Así que en el hecho de escuchar, que es observación, la mente está quieta. Para ver con claridad, la mente debe de estar quieta.

No sé si me estoy explicando. No es que tenga que cultivar una mente quieta, es que ya tengo una mente quieta. Porque intentar cultivar es intentar alcanzar algo en el campo del tiempo. Un llegar a ser, otra vez. y todo lo que es devenir, llegar a ser algo, trae conflicto interior y resistencia.

Cuando meditas, te dispones a estar ese tiempo en silencio, y observas que la mente está inatenta, déjala vagar en esa inatención, obsérvala. Porque el mero hecho de observarla en la inatención ya es estar atento. No luches con la inatención. No te esfuerces y digas: “tengo que estar atento, tengo que controlarla”. Esto es infantil y además inútil. Sé consciente de esa inatención de la mente, sin elección. ¿y qué? ¿no pasa nada? Así encontrarás el silencio de la mente. No sólo en meditación sino en el resto de actividades cotidianas que hacemos durante el día.

Ahora bien, este silencio, no es posible si el cuerpo, el organismo, no está quieto. Ya sabes, esos movimientos de los dedos, los ojos, etc. Totalmente quietos, que esto sí es difícil. Y he notado, no sé si os pasa, que cuando parece que voy a llegar a ese punto de observación y por tanto quietud de la mente, de repente me pica una parte de la cara o del cuerpo. Me rasco y pierdo de nuevo la concentración. Esto de mantener el cuerpo realmente quieto es difícil. Hacerlo durante solo dos minutos, tres minutos, cinco minutos, es suficiente. No intentes alcanzar 20 minutos, o 30, o una hora, porque eso ya está dentro de la codicia. En esos dos minutos, ya la verdad se revela, si sabes cómo mirar. Esto significa, como bien sabéis, que el cuerpo tiene su propia inteligencia y la mente, a veces echa a perder esta maravillosa inteligencia de nuestro organismo. 

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